Los adaptógenos son compuestos naturales presentes en ciertas plantas, raíces y hongos que han sido utilizados tradicionalmente en diversas medicinas ancestrales para ayudar al organismo a adaptarse al estrés físico, emocional y ambiental, promoviendo la homeostasis o equilibrio interno sin actuar como sedantes o estimulantes clásicos. El concepto fue acuñado en 1947 por el científico ruso Nikolai Lazarev, quien los definió como sustancias capaces de aumentar la “resistencia inespecífica” del cuerpo frente a distintos factores estresantes.
Entre los adaptógenos más conocidos se encuentran la ashwagandha (Withania somnifera), la rhodiola, el ginseng y diversos hongos como reishi, melena de león (lion’s mane) y cordyceps, cada uno con particularidades y beneficios asociados al manejo del estrés, la energía y la función cognitiva. La ashwagandha, por ejemplo, ha sido objeto de estudios que muestran su capacidad para reducir los niveles de cortisol —la hormona del estrés— y mejorar la percepción de bienestar psicológico, sin provocar somnolencia ni efectos secundarios típicos de los tranquilizantes.
Nutricionistas y especialistas en salud integrativa señalan que los adaptógenos no actúan como remedios milagrosos ni sustituyen un estilo de vida saludable, pero pueden formar parte de estrategias nutricionales orientadas a modular la respuesta fisiológica al estrés crónico, mejorar la resistencia del organismo y apoyar funciones como la energía, la concentración y la recuperación. Desde una perspectiva más amplia, su efecto modulador influye en sistemas clave como el nervioso y el endocrino —especialmente el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA)—, ayudando a equilibrar respuestas hormonales y fisiológicas ante desafíos diarios.
Para incorporar adaptógenos en la dieta, existen múltiples opciones prácticas: pueden añadirse en forma de polvos a batidos, cafés o lattes, integrarse en recetas como panes o barras energéticas, o consumirse como infusiones y tés que combinan hierbas adaptógenas con otros ingredientes funcionales. También se encuentran disponibles como suplementos en cápsulas o tinturas, aunque expertos recomiendan elegir productos de calidad y considerarlos como complemento de una alimentación equilibrada y hábitos de vida saludables.
Es importante destacar que la evidencia científica sobre adaptógenos continúa evolucionando: si bien algunos estudios sugieren efectos positivos en marcadores biológicos del estrés y en la percepción subjetiva de bienestar, aún se requieren ensayos clínicos más robustos y de largo plazo para comprender plenamente su impacto en distintos perfiles de salud. Además, antes de incorporarlos, especialmente en forma de suplementos, es recomendable consultar con un profesional de la salud, sobre todo si se toman medicamentos o se tienen condiciones médicas específicas, ya que pueden interactuar con tratamientos o no ser apropiados para todas las personas.
En cuanto a la selección de fuentes alimentarias, aunque muchos adaptógenos pueden encontrarse en plantas completas o alimentos funcionales, su concentración terapéutica suele requerir formatos específicos —como extractos estandarizados o cápsulas— cuando el objetivo es alcanzar beneficios más definidos, siempre dentro de un enfoque integral de bienestar.
Fuente: La Nación.